El Valle de los Molinos

Diseñado por Dani Garcia. Ilustrado por Pedro Codeço y Zbigniew Umgelter. Publicado por Board&Dice. Editado en español por Maldito Games.

Introducción

El viento cálido en la cara auspicia una grata pero ardua jornada de jardinería. Los tulipanes son parte fundamental del comercio de Países Bajos, y aquí, en El Valle de los Molinos, es donde la magia ocurre. Así que a arremangarse y trabajar, que la competencia es dura.

Como se juega

Aquí, los jugadores buscan ganar acumulando puntos de diversas fuentes vinculadas a la plantación y el comercio de flores.

Al comienzo del turno, el jugador puede modificar la apertura de la compuerta que deja pasar el agua. Esto afecta a todos, ya que determina cuánto girarán las ruedas del tablero individual, un sistema de selección de acciones. Tras el giro, cada rueda apunta a dos posibles acciones, de las cuales normalmente se elige una. Afortunadamente, existen formas de controlar este movimiento, ya sea ajustando las compuertas o utilizando herramientas.

Las acciones incluyen conseguir tulipanes de distintos colores, plantarlos en el tablero personal, mejorar las ruedas para acceder a acciones más potentes, obtener ayudantes con habilidades especiales y adquirir contratos que otorgan puntos al final de la partida. Además, se construyen molinos en el mapa, se comercia con el exterior y se visita el mercado local en busca de bonificaciones.

El giro de las ruedas también marca el ritmo del juego. Cada vez que una rueda completa una vuelta, avanza el marcador de tiempo del jugador activo, y cuando alguno alcanza el último espacio, se dispara el final de la partida. Llega entonces el momento de puntuar: tulipanes plantados segun filas y columna de color, molinos construidos y tambipen los contratos cumplidos. Quien suma más puntos, gana.

Opinión Personal

La estética evocativa y el nombre de Dani García en la portada me llamaban poderosamente la atención, aunque la fama de juegos densos de esta editorial generaba ciertas dudas. Por eso fue una grata sorpresa descubrir que, si bien no lo pondría en la categoría de “liviano”, se trata de un juego razonable en su complejidad: fácil de acceder, pero exigente de dominar, como me gusta a mí.

La apertura de las compuertas, en la primera parte del turno, resulta algo más enrevesada de lo deseable, pero luego las acciones fluyen con naturalidad y derivan en turnos ágiles y precisos, incluso cuando aparecen buenos combos. Las acciones son simples y gran parte de la iconografía gira en torno a variaciones de los mismos conceptos. Eso sí, la variedad de bonificaciones que ofrecen los especialistas obliga a consultar el manual con frecuencia en las primeras partidas.

Destaco especialmente la cantidad de caminos para hacer puntos y el hecho de que la duración de la partida dependa de las decisiones de los jugadores. No son ideas particularmente originales, pero el autor sabe imprimirles un giro fresco, manteniéndose fiel a su estilo mecánico, combero y personalizable.

La producción es tan llamativa como innecesariamente grande. El tablero general dedica demasiado espacio a un mapa que no lo justifica, y el tablero personal, aunque funcional, sufre un problema similar. Un mal de época, quizás. Las ilustraciones son coloridas, no especialmente carismáticas, pero cumplen bien su función.

El Valle de los Molinos podría pasar desapercibido entre tantos juegos similares, pero sus pequeños matices lo elevan por encima de la media, sobre todo gracias a sus turnos rápidos y partidas de duración contenida, algo siempre bienvenido, al igual que un solitario sólido y fácil de manejar.

Publicado por Ludocracia

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